Coliseo Romano

Llegue a Roma por la noche y necesitaba dormir. Al amanecer, mi excitación era tal que no sabía por dónde comenzar, así que salí del hotel a desayunar y mientras organizar mi ruta.

Al girar en la primera esquina, me encuentro esplendida, brillante e impactante: La Fontana Di Trevi, allí había estado durmiendo a mis espaldas sin yo saberlo.

Mientras saboreaba un café, intentaba mirar el mapa, pero mi vista se desviaba a los miles de turistas que por segundo arrojan monedas a la Fontana y el sonido del metal al agua me recordó que estaba planeando mi día. Entonces, pensé en dejar el Coliseo Romano para el final, lo que se suele llamar ‘la Fresa del postre’.

Pero como todo en la vida, lo programado nunca sale como esperamos y después de haber hecho unas cuantas ‘visitas obligadas’, mientras caminaba encantada por la majestuosidad de La Basílica Papal de Santa María la Mayor, que acababa de dejar atrás, lo vi….tan cerca y tan lejos, el también llamado: Anfiteatro Flavio. Nunca, y eso que me agradan, una sorpresa me gusto tanto.

Imponente, bañado por el sol, perfecto e inmenso parecía estar tan cerca…pero cuando mas caminaba, mas se alejaba y es que es tan colosal que la distancia que nos separaba y la ansiedad que me causo verlo inesperadamente, me engañaban.

Finalmente a sus pies, me sentía una hormiguita y cada paso estaba marcado por un nuevo momento sin aliento:

Primero, causado por su inmensidad, 189 metros de largo por 156 de ancho y 48 metros de altura impactan.

Después, me invadió la emoción solo de ver su fachada, formada por 4 conjuntos de elementos previamente conjuntados que, brindan armonía y proporción a un edificio que, aunque se ha descubierto que era multicolor hoy vemos una estructura de roca gris, ladrillos rojos y mármol.

Con entrada en mano, lentamente transite por su ovalada silueta que conduce al interior.

Volvía sorprenderme, esta vez por su antigüedad, las rocas se ven muy erosionadas por el paso de los años y es que fue construido en madera y luego cubierto de arena por el año 72 D.C.

Y volví a quedarme boquiabierta al analizar su estructura, y es que lo que vemos por fuera, parece corresponderse con el sistema de graderías que dentro, gira en torno al centro donde se desarrollaba el espectáculo, pero no es así, las alturas son diferentes.

Algo que me sorprendió muchísimo también, fue la red cloacal y de drenaje que diseñaron para quitar el agua después de los espectáculos navales, es algo que desconocía que tuviese hasta mi visita.

Mientras un guía narraba a lo lejos, los múltiples usos del anfiteatro, como una música de fondo en mis oídos, yo caminaba por ‘el terreno de juego’ propiamente dicho y no dejaba de recrear en mi mente: batallas navales, enfrentamientos entre gladiadores y caza de animales salvajes, para lo cual, en el subsuelo se habían construido un complejo de túneles y mazmorras (hoy al descubierto) que los alojaban hasta el momento en que se desataba la lucha.

Me costó salir, no por su inmensidad, sino porque la admiración y la fascinación que me provocaba me retenían allí. Fueron horas  disfrutadas, saboreadas, sentí que había retrocedido en el tiempo.

Cuando decidí contra mi voluntad que debía partir y mientras transitaba fuera del coloso…vino a mi mente la frase de la película Gladiador: “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad” y eso ocurre con la historia de Roma.

 

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Categorías: Visitas Obligadas.. | Etiquetas: , | Deja un comentario

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